Mi corazón se ha confesado esta noche.
Siempre ha tenido un don especial para engañarme.
Es inspirador, motivador, vivaz, enamoradizo y sencillo, aunque se dé muchos aires de complicado.
Le he sentado, le he mirado a los ojos y le he dicho: A ver pequeño, cuéntame la verdad, ya no estamos para sorpresas.
El muy pícaro sonrió, respiró seguridad y me miró fijamente, para decirme: ¡La amo! y si no es ella, no es nadie.
Confieso, me dejó impresionado; y él prosiguió.
No me importan sus defectos, no me importa su belleza, no me importan sus faltas, deseo olvidar sus ausencias.
Mi amor por ella puede suplir todo lo que ella no pueda entregar, por ignorancia o por carencias.
Ante Dios, ha ella le juré amor y deseo cumplirlo hasta el final, aunque ella no lo desee ahora escuchar, porque lo he jurado yo, aunque lo ha olvidado ella. Yo soy un corazón que ama una vez y lo hace para siempre, cuando me entregué, lo hice totalmente.
Para ella reservé lo todo de mí y aún me guardo la mejor parte.
-¿Estás seguro de lo que dices?
-¡Sí!
-Mañana quizás pienses diferente
-¡Jamás!
-¿No estarás confundido otra vez? Mira que antes a cualquier cosa le has llamado amor.
-Sí, antes me he confundido, pero ella no es especial, ella es el amor, ella es mi luz, mi puerta al cielo, la única con derecho a tomar mi mano, ella es alguien para vivir, es alguien para dar la vida y yo le ofrecí la mía, ella, la aceptó. No se trata de quién es ella, sino de quién soy yo.
¿Y crees que a ella le interese? Ella tiene derecho a ser feliz sin ti, ella puede hacer otra vida mejor que la que tu le ofreces. Ella no piensa igual que tú, pues no quiso esperarte por siempre. Para ella, obviamente, las promesas son desechables y tu no estás en su "ahora". ¡Te fuiste! Y si tan seguro te sientes... ¿Por qué no corres y le cuentas?
Silencio prolongado y mirada esquiva, calló y su respiración se tornó débil, su cara se escondió en su pecho y sus manos perdieron firmeza sobre la mesa. Su seguridad se esfumó como se desvanece la luz de una vela que agoniza.
Suavemente susurró: ¡Tengo miedo!
Y otra vez silencio.
Tengo miedo de su orgullo, comentó con voz quebrada. Tengo miedo de esa carcajada que me regala cuando de mí se mofa y se siente altiva. Tengo miedo de su desdén, de su mirada arrogante y sus argumentos hirientes. Tengo miedo que no me deje explicarle, que ya no quiera escucharme. Tengo miedo de mis miedos, tengo miedo de mis culpas. Tengo miedo de la justicia que le dicta que alejarse de mí es ahora lo correcto. Tengo miedo de esa mirada helada que me regala y que me hace sentir que yo no valgo nada. Tengo miedo de que me hiera, porque querré protegerme, temo volver a dañarle.
He perdido la capacidad de estar cerca de ella. He perdido su amor y el camino que entre ella y yo había, ahora solo hay un abismo desde donde nos gritamos cosas y a veces yo lanzo piedras, no para lastimarle, sino con la esperanza de poder algún día rellenar esa distancia. Tengo miedo que para entonces, ella ya no esté del otro lado.
-¿Y entonces que vas a hacer?
No lo sé, no lo sé. Creo que esperar una señal del cielo o una mirada de sus ojos, cosas que para mí son lo mismo.